“A partir de esa amarga experiencia acabaron esos años de colección, aún no comprendo porque ocurren hechos así con muñecos inanimados que repentinamente cobran vida sin motivo alguno, probablemente sea que nuestros propios temores se materializan en las cosas que no queremos enfrentar o solo sean caprichos de este inexplicable mundo”.
“Esta historia alteró de tal modo mi espíritu, me trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo mas intimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia”
Aparición (fragmento) Guy de Maupassant
Entre nuestros recuerdos surgen temores nocturnos sobre siluetas fantasmales concernientes a una mujer vestida de blanco, que se desplaza levitando en lugar de caminar. En nuestro folclor mexicano se le conoce con el nombre de la “Llorona” a la cual se le ha encontrado vagando por generaciones en distintas partes de este país, atribuyéndosele toda una serie de supuestos motivos que le retienen en nuestra dimensión. La historia fue relatada de la siguiente manera:
Entre la realidad y la ficción existe una delgada línea que cruzar, donde ni el mismo escepticismo logra privar la entrada de entes espectrales. Es sorprendente lo que la imaginación humana puede crear, pero ¿qué pasa cuando la mente se encuentra en blanco y tus ojos tienen el poder de ver imágenes caprichosas que se repiten más de una vez cuando no están o al menos eso creemos.
Existen muchos sitios encantados en las diversas zonas y regiones del país, pero esta vez haremos referencia al estado vecino de Jalisco, el cual ofrece exquisitas variables historias y leyendas de lugares hechizados. Los nativos del lugar les llaman encantamiento, también conocidos como Ayácata (o tesoros enterrados de bajo de la corteza terrestre). En nuestros días siguen contándose sobre leyendas en donde los muertos regresan a contarnos sus secretos, a cambio de algo.
En este mundo la muerte no es el límite, porque no se necesita estar muerto para conocer el más allá en vida, existen sitios que tienen alma propia esperando que alguien ofrezca la suya. Esta historia trata sobre un hecho que ocurrió hace más de cuarenta años en las playas de San Juan de Alima en la ciudad de Michoacán, que dice lo siguiente:
Se dice que el escepticismo es una cualidad que sirve como protección psicológica en las personas racionales, a estos se les denominan en dos grupos que son; los que no creen relativamente en las cosas sobrenaturales debido a que se inclinan por la “causa y efecto” de las cosas y se encuentran los que ignoran el poder de lo desconocido y lo desafían sin criterio alguno.
El recuerdo de un lugar que tiene historia se repite una y otra vez, pues la muerte se vuelve parte de ese lugar y sorprende al que le rodea. Se dice, que un lugar se vuelve maldito cuando alguien muere en extrema violencia, pena o coraje, es por eso que la emoción permanece en ese espacio que resguarda cómodamente para el servicio del descanso.
Los ecos del pasado impregnan los cimientos que dieron hospedaje alguna ves ha cuerpos y almas perturbadas. Cada estancia se torna conforme al comportamiento de sus inquilinos, esto ocurre cuando uno de ellos muere dentro de una infinita pena y su esencia queda pasmada para nunca más marcharse.
Todo niño que creció leyendo los cuentos de Gregorio Torres Quintero y escuchando a los abuelos conoce la leyenda del hombre que mide dos metros altura, con características antihumanas llamado el “Gentil”. Se cuenta que sale de las profundidades del mar para capturar a los pescadores cada luna llena. Las historias narradas sobre este ser mitad hombre y anfibio termina con el mismo trágico desenlace que todos; nunca más se vuelve ha saber sobre los hombres raptados y sus familias nunca recuperan sus cuerpos.
Existe más de un relato donde alcuzagüe ha sido el escenario de tantos extraños casos en donde la razón queda descartada por completo. La siguiente historia le sucedió a Francisco Hinojosa en compañía de un amigo de trabajo, en una huerta de limón ubicada cerca de la laguna.
Clínicas y salas de Hospitales se han convertido en los principales escenarios de mayor auge en historias de terror. Sé dice que las salas de terapia intensiva son el pabellón donde cientos de personas fallecen, y muchas de sus almas circulan por los pasillos para pedir ayuda por supuestos malestares y mutilaciones sufridas cuando vivos, en los diversos sanatorios conocidos.
El regreso de los muertos es inevitable a consecuencia de múltiples motivos: pendientes, metas no realizadas, agonía en el deceso, entre otros. Ellos se quedan atrapados en la misma atmósfera incolora (invisible) en el sitio donde perecieron, es difícil comprender que muchos seres queridos se encuentren suspendidos en el tiempo y espacio de diversos mundos dentro del que conocemos. Al igual es perturbante como doloroso asimilar que posiblemente seguiremos su mismo destino.
Nuestro relato de hoy trata sobre la experiencia escalofriante de un enfermero del turno de la noche, que atestiguó a ver visto un espíritu suspendido antes de saber que lo era, la narración es la siguiente:
Existen historias que se han ido perdiendo con el paso del tiempo, convirtiéndose en sepulcro del inevitable olvido. Todos los relatos que hemos escuchado han sido gracias a las narraciones que los viejos contaron a los nietos de sus nietos, esto se ha convertido en la principal herencia de nuestro folclor regional.
Como parte de la modernidad, la ciudad de Tecomán se ha apegado a su tecnología y en sus procesos de cambios, sin embargo su corazón continua siendo un pueblo que cree en historias de fantasmas, duendes y casas encantadas. Han de pasar 50 años más, crecerá la taza de habitantes y nuestra zona territorial continuará expandiéndose, pero el género de la narrativa enfocada al suspenso y terror predominara por siempre.
Ya han transcurrido más de 20 años y aún sigue vigente en el recuerdo de personas maduras y ancianas, la historia del médico que se apareció en el antiguo Hospital de Tecomán. El relato es el siguiente;